La mansión ardía en llamas, gritos de agonía y el crepitante sonido de la inminente caída del edificio. Todo era un caos en la mansión de la familia más prominente de la capital y quizás del mundo.
Un temblor súbito interrumpió su concentración, rompiendo el silencio que lo rodeaba. Fue un arremetimiento rápido y contundente que lo hizo caer al suelo, sintiendo que algo estaba irremediablemente mal.
Detuvo su entrenamiento y se asomó hacia la puerta de salida, preguntándose porque ninguno de los ayudantes había venido a informarle de la situación, pero… lo que lo esperaba afuera era el mismísimo infierno.
Las llamas rugían a lo alto, todo lo que se pudiera caer se encontraba en el suelo hecho pedazos. Los pocos guardias que había afuera, junto a los investigadores y profesionales que se encargaban de su entrenamiento, se habían vuelto bultos inertes. Parecía una imagen sacada de las más horribles pesadillas.
Se agachó rápidamente para comprobar el pulso de la persona más cercana a él. Sin embargo, al girarla, la escena lo estremeció, el impacto lo hizo retroceder horrorizado. Lo que antes era una persona, ahora no era más que un cuerpo en un estado indescriptible.
En ese momento, una viga dañada se vino abajo desprendiendo parte del techo con ella. Actuó rápidamente, por instinto, esquivando los bloques de concreto. El cuerpo a su lado no tuvo tanta suerte, con un sonido sanguinario, le líquido rojo escurría por el suelo.
Se paró rápidamente, con la respiración entrecortada, sentía el corazón en la garganta. Su cara se puso rápidamente pálida antes de que vomitara todo lo que había desayunado, su pequeño cuerpo se tambaleó débilmente.
— ¡Adrian! — gritó una voz detrás suya, giró rápidamente para ver a su hermana mayor correr hacia él. Ella era un reflejo de él, ojos dorados como oro líquido y cabello como el sol, emanaba una luz innata, una resplandecencia que caracterizaba a los Eltas.
Con determinación, Eliza envolvió el frágil cuerpo de su hermano entre sus brazos y, con rapidez, lo alzó en el aire. Sin perder un segundo, corrió hacia las escaleras, dejando atrás el estruendo ensordecedor de un corredor que colapsaba en escombros.
El pequeño Adrian, un niño apenas con unos atisbos de adultez, se aferró a los brazos de su hermana, no cerró los ojos, vio cada detalle, cada guardia y sirviente tirado en el suelo inertes y sin vida. Vio la casa a la que había llegado hace tres años, consumida por llamas que cobraban vida propia, dejando destrucción y muerte a su paso.
— ¡Eliza! — Gritó Liam, apareciendo de la nada, empujándolos al portal de una de las habitaciones antes de que el techo del corredor se viniera abajo.
Su hermano los abrazó a ambos — Que bueno que están bien — El alivio era palpable en sus palabras.
— Liam ¿Qué está sucediendo? — Le preguntó Eliza, que lo instaba a comenzar a moverse hacia áreas más seguras.
— Fue padre, su cuerpo falló antes de lo esperado — Sus ojos estaban enrojecidos, pero no derramaba lágrimas, no ahora — ¡Cuidado! — Gritó cuando una vitrina estuvo a punto de caer sobre ellos haciéndose añicos.
— ¿Padre ha muerto? — Se escuchó el sollozo en sus palabras. Lo habían estado esperando, pero, aun así, fue demasiado pronto, no podía aceptarlo tan fácilmente.
Su padre ya tenía cerca de ciento cincuenta años, pero todavía era muy joven, le faltaba cincuenta años como mínimo antes de que comenzara a fallar. Los Eltas eran una raza que morían cuando el poder que contenían sobrepasaba la resistencia de su cuerpo. Cuando eso pasaba la energía era liberada como una gran explosión, matando a su contenedor y consumiendo todo en el radio cercano. Ninguna raza, a excepción de los mismos Eltas, podía sobrevivir a estar expuestos a ese nivel de energía.
Los tres hermanos siguieron corriendo. Por fin habían dejado los pisos subterráneos, y ahora corrían a una de las salidas con la sombra de la preocupación escrita en sus rostros. En esta gran mansión, ahora desprovista de vida más allá del fuego crepitante, solo podrían haber sobrevivido cuatro personas, ellos tres e Ian, su hermano mayor todavía desaparecido. Los gemelos no pararon en todo el camino de gritar su nombre entre jadeos. El debió sobrevivir a la explosión, pero ¿Y si había quedado atrapado en los escombros?
Eliza y Liam asintieron en un entendimiento tácito cuando sus ojos se encontraron, la casa todavía no estaba tan deteriorada, todavía podían llegar a la biblioteca. Corrieron atravesando pasillos en llamas, esquivando todo tipo de obstáculos, tenían que ir por Ian, no abandonarían a su hermano.
Pero cuando por fin llegaron al espacio amplio de la biblioteca no vieron a nadie, estaba vacía y desordenada, con el suelo cubierto de páginas y libros destrozados. Liam bajó a Adrian al suelo antes de aventurarse al piso superior de la biblioteca. Allí se encontraba el despacho de su hermano mayor, pero al igual que abajo, estaba vacío.
El ruido del fuego crepitante, el lado oeste de la mansión cedió transformándose en un montón de escombros, su hogar estaba desapareciendo. Liam rápidamente bajó por las escaleras deseando sacar a sus hermanos de este infierno, cuando vio como en cámara lenta el techo se venía abajo, sobre ellos, sobre su familia, en ese silencio que solo vives una vez, cuando la muerte te susurra al oído. Su hermana gemela lo miró, llevaba a su hermanito en sus brazos, no había temor en su mirada, solo cariño, le sonrió antes de usar toda su fuerza en correr y tirar lo más lejos posible a Adrian de ese fatídico destino.
Adrian rodó por el suelo, justo para ver como el techo caía sobre Eliza, los escombros se tragaron la figura de ella, todo fue un borrón ante sus ojos.
Se paró tambaleante, ignorando sus heridas, corriendo para intentar alcanzarla, pero esos escombros colapsaron el piso, dejando solo un gran espacio abierto con fisuras que amenazan con desaparecer también el suelo bajo sus pies.
Era prácticamente imposible la tarea de encontrarla, pero… no podía rendirse, no podía dejarla morir, simplemente no podía perder a alguien más. Eso era todo en lo que podía pensar Adrian. Fue detenido rápidamente por los brazos de Liam que silenciosamente lo arrastraron lejos de allí, lloraba, su corazón se sentía como si se hubiera partido en dos, pero aun así arrastró a su hermanito lejos. “Al menos él tenía que salvarse”, siguió repitiendo en su mente. Adrian pateaba y rugía, llamándola, pero su voz se perdió con el llanto y la desesperación.
Liam corrió sin mirar atrás, hasta que llegó a la entrada principal, Adrian lo abrazaba con fuerza y sin aliento, las lágrimas corrían por su rostro. Pero su hermano tenía una mirada distinta, lo abrazó y lo dejó en el suelo, lejos de todas las llamas, en un lugar seguro “Debo ir por ella Adi, no la puedo dejar sola allí.” Le dijo a Adrian mientras le besaba la frente y corría de vuelta a la mansión en llamas.
Su hermanito trató de detenerlo, pero no sirvió de nada, su cuerpo era pequeño, no lo alcanzó en su desesperación y luego solo lo perdió de vista entre el humo y el fuego.
Liam la encontró, entre los escombros, ella todavía estaba consciente, pero no la podía sacar de allí con todo lo que había sobre ella y las heridas que tenía… eran fatales. Solo pudo sostener su mano y sonreírle, acariciando su rostro.
Eliza lo miró con reproche, iba a decir algo, pero cuando abrió la boca, un río de sangre salió impidió su voz, así que solo lo miró, con esa conexión que tenían, esa conversación silenciosa y única que compartían.
Se arrodillo a su lado, puso su cabeza sobre sus piernas y acaricio el cabello de ella — A sido una buena vida, no cambiaría nada de ella...
Ella volvió a luchar para hablar — Ere...s un id..iota — Su voz era demasiado baja.
— No podría vivir sin ti — Lágrimas cayeron sobre el rostro de ella — Si hay vidas después de esta...
— Sie...mpr...e
— Sí. Siempre juntos — Confirmo Liam — Solo que la próxima vez te protegeré sin importar nada — Le dijo mientras cubría los ojos de ella preparándose para compartir el mismo destino. Vio como la casa estaba a punto de caer sobre ellos. Cerró los ojos repitiéndose a sí mismo, que no tenía miedo, estaban juntos, se enfrentarían a todo juntos. “Perdóname Adrian.” Pensó él “Perdóname Ian, ¡Vivan!“ Realmente lo deseó con todo su corazón, como si sus palabras pudieran llegar a sus hermanos.
En ese momento la deteriorada mansión, ya con sus últimas fuerzas cedía sobre ellos. No cerraron los ojos, se miraron hasta el final, jamás soltaron sus manos.
Adrian estaba en la entrada de la mansión cuando se vino abajo, estaba intentando entrar, pero el cruel destino nuevamente le quitó toda esperanza y como si se burlara de él lo hizo salir indemne de una muerte casi segura.
No hay forma de saber cuánto tiempo pasó, cuando el niño, que había perdido toda razón, comenzó a buscar entre los escombros abrazadores la figura de sus hermanos. Los buscaba como si su vida dependiera de eso, aun cuando sus manos se quemaron, él siguió escarbando en los restos, tratando de encontrar a alguien, a quien fuera. No podía perder a nadie más, no quería sufrir más.
Cuando por fin llegaron los helicópteros, Adrian ya no buscaba más, su cuerpo estaba negro, cubierto de heridas y quemaduras. Tenía la vista fija en esas manos entrelazadas, donde el pulso ya no latía, solo había apatía en su mirada, ya no le quedaban lágrimas para llorar. El equipo de emergencia lo arrastró a uno de los helicópteros, Varias personas atendían su cuerpo magullado, pero él ya no sentía dolor. Él había perdido nuevamente un hogar, nuevamente a las personas que quería “Jamás” “Pensó, jamás repetiría esto, jamás volvería a encariñarse con seres que podían morir frente a sus ojos. Jamás, nunca más “.
Cuando el niño por fin perdió el conocimiento, por el cansancio acumulado, una figura se deslizó a la habitación de cuidados intensivos.
Era un hombre de cabellos rubios y ojos como dos grandes soles destellantes.
— Perdóname Adrian — Dijo acariciando el cabello del niño, cobijando cuidadosamente a su hermano menor — Perdón Eliza… Perdón Liam — Unas silenciosas lágrimas se deslizaron por su rostro.
— Es hora — Le recordó una voz en la puerta, otro hombre con unos oscuros lentes de sol y cabello negro como la noche. Junto a él había una mujer joven, que miraba a Adrian con ojos complicados.
Ian le dio un último vistazo a su hermano y se encaminó donde Dimitri, inclinándose en reconocimiento de ambos.
— Está bien, Ian, él estará bien. Pero tú debes prepararte para el día en que Adrian y yo nos volvamos a encontrar, desde ese día en adelante se pone en juego todo.
Ninguno vio como dos esferas de luz cálidas, se pegaban al cuerpo de Ian, él sí las sintió, pues su corazón apretado por el dolor recibió consuelo.
— Ya casi están todas las piezas en su lugar. La misión de Ian en Andrómeda se completó con éxito — Le dijo Dimitri, cuyos ojos sufrían con un dolor lejano.
— Ambos han sacrificado demasiado… — Dijo ella suspirando, como le hubiera encantado que las cosas hubieran sido de otra manera, pero era necesario, necesario para que el mundo se salvara.
Las tres figuras desaparecieron de la sala de urgencias, como si nunca hubieran estado allí, cuando volvieron a abrir los ojos estaban en un bosque antiguo, con una tranquilidad irreal.
Ella avanzó antes de detenerse y mirarlos — Ahora la misión recae en sus manos, les confío el destino de todo y de todos.
Los dos se desvanecieron en el aire, quedando ella sola. Pero sus ojos antes suspicaces con un profundo conocimiento ahora lucían vacíos, con la ingenuidad de una niña que miraba el mundo por primera vez.
Esa noche las capitales del mundo estuvieron de luto, la última familia de Eltas había perecido, las linternas surcaron los cielos con sus nombres en varias ciudades, en otras se hicieron hogueras y cantos, en algunas solo hubo silencio absoluto.
En el gran templo, se abrieron las puertas, cada persona que pudo, fue para orar por los Eltas y por el mundo.
En Andrómeda los ángeles se elevaron en un vuelo silencioso.
En Polariz, Las linternas del luto se consumieron en el mar, sin antes brindarles un espectáculo como el cielo estrellado en las calmadas aguas.
Finalmente, el comunicado fue que solo Adrian, el menor de los cuatro hermanos, fue el único sobreviviente, y el último de su especie.
El eco de un miedo incrédulo se susurró en las razas más creyentes. Pues el mito del fin del mundo volvía a penar sus corazones. “Cuando el último Elta muera, la maldición suspendida desde la gran guerra volverá y el mundo enfrentara nuevamente el final de los tiempos.”
Un acalorado debate cayó en las principales razas ¿Quién se haría cargo del joven Elta? La ambición por la riqueza y el poder cegó a muchos, todos querían apadrinarlo, por lo que las discusiones aumentaron. Finalmente fue Adrian quien detuvo la disputa, el niño herido y apático de los últimos días desapareció para aparecer con una deslumbrante sonrisa. Sugirió que se le permitiera vivir en Millium, en la torre del sol, con delegados de las distintas razas que estuvieran a cargo de su educación y cuidado, al fin y al cabo, él había perdido mucho, no se veía capaz de vivir en tierras extrañas.
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